Javier Hervada: Tempvs otii. Fragmentos sobre los orígenes y el uso primitivo de los términos praelatvs y praelatvra

Javier Hervada: Tempvs otii. Fragmentos sobre los orígenes y el uso primitivo de los términos <i>praelatvs</i> y <i>praelatvra</i>
Javier Hervada: Tempvs otii. Fragmentos sobre los orígenes y el uso primitivo de los términos 'praelatvs' y 'praelatvra', segunda edición corregida, Navarra Gráfica Ediciones, Pamplona, 2004. [265 páginas, 784 KB. Leer]

TEMPVS OTII

Según la clásica distinción romana entre otium y negotium, las tareas de investigación que solemos hacer los universitarios pertenecerían al otium. Pero las cosas han cambiado demasiado como para no incluir esos quehaceres en el negotium. La trepidación, el acuciamiento y la urgencia se han introducido de tal manera en el estudio y en la investigación, que resultaría una ironía casi burlona seguir poniéndolos en la categoría del otium, aun teniendo en cuenta todos los matices de actividad de la inteligencia que tiene esta palabra, bien alejada de pasar el tiempo en horas muertas.

El pensar humanístico y la investigación científica han adquirido una dimensión de afán y de utilidad inmediatos, que los coloca en el negotium. Se han invertido los papeles. Ahora, para el investigador, el otium consiste en cosas que eran todas ellas negotia propias de esclavos —trabajos serviles— por la época en la que los romanos hicieron la aludida distinción: cuidar de los niños, hacer de jardinero o practicar la fontanería, la carpintería y cosas similares, pudorosamente encubiertas por el galicismo bricolage. Bien lo refleja el Código de Derecho Canónico de 1983 al regular el descanso dominical; la distinción entre trabajos manuales —serviles— y trabajos intelectuales —liberales o de hombres libres— ha desaparecido y ya sólo queda la distinción entre trabajo y afición, entre los cansancios debidos a las tareas profesionales y los cansancios que uno mismo se impone —«tú lo quisiste fraile mostén, tu lo quisiste, tú te lo ten» parece decir el nuevo CIC—, pasando la mayor parte de los fines de semana en las antedichas actividades o entre atascos de la circulación viaria o subiendo un monte, desde cuya cumbre —si llega— sólo por casualidad la falta de niebla le permitirá ver un espléndido panorama. El ocio es hoy un lujo que sólo pueden permitirse algunos afortunados inversores o, por prescripción facultativa, los valetudinarios. Unicamente si se encuentra en uno de estos dos casos, al pensador y al investigador le estará permitido transformar el descanso en el activo otium de los romanos.

Después de tantos años de afanoso negotium intelectual, el autor de estas páginas ha podido —al fin— dedicar un tiempo al otium. Va de suyo que, no siendo hombre de riquezas como es notorio, ello ha tenido por causa una prescripción facultativa a cargo de la Seguridad Social. Y queriendo aprovechar una ocasión que tan pocas veces se presenta en la vida, se dedicó a satisfacer una curiosidad personal: saber con mayor largueza y penetración qué eran en sus orígenes las prelacías o prelaturas.

Como nada le acuciaba, leyó pacientemente cuanto estuvo a su alcance, que no fue poco, pues no en vano trabajó en una excelente biblioteca: varios centenares de libros pasaron por sus manos haciendo cala y cata de datos sobre prelados y prelacías. Desde las colecciones del «Corpus Christianorum», los «Monumenta Germaniae Historica» y la «Patrologia Latina» de Migne, hasta los clásicos latinos; desde las obras de los canonistas, hasta diccionarios y enciclopedias del s. XVII a nuestros días, glosarios, colecciones de documentos, cartularios, etc. En la mayoría de los casos nada encontró; en otros vio cosas curiosas y en otros recibió luz.

Y como hombre habituado a escribir lo investigado, redactó, para su utilidad y placer, lo que le sugerían los materiales sobre los que iba reflexionando.

Llegado a este punto, al autor le hubiese halagado mucho poder decir lo que ha leído en no pocas ocasiones: que una serie de amigos y colegas conocieron el manuscrito y se interesaron insistentemente por su publicación, a lo que al fin accedió —no sin resistencia interior— para no defraudar tanto ruego. Al autor le hubiera halagado poder decir esto; pero, muy a su pesar, le es imposible hacerlo, porque se lo impide el octavo mandamiento. Nadie le pidió que publicase su manuscrito; fue el autor, bajo su entera responsabilidad, quien decidió hacerlo.

¿Por qué, si escribió el manuscrito para su utilidad y placer, se interesó luego por su publicación? Probablemente por viciosa vanidad; pero, si así fue, su subconsciente encubrió el vicio con una excusa que le pareció valedera: para que quien, con más sabiduría e ingenio —cosa nada difícil—, se decidiese en el futuro a estudiar con la necesaria profundidad los mismos temas no se encontrase con un vacío tan notable como él se encontró. A los datos que se podían aportar, se añadían otras dos posibles utilidades: si en algo acertó el autor, el futuro investigador tendrá señalado un camino a seguir; en lo que erró —equivocaciones las tendrá, pues hombre es—, habrá dejado marcado el camino que no hay que andar, lo que no es pequeña aportación a la ciencia.

Al terminar repentinamente la investigación por imperativos del negotium —el médico le dio de alta a pesar de sus protestas—, el autor había conseguido satisfacer su curiosidad científica en muchos aspectos y sus apuntes quedaron bastante completos; claro que muchas cosas le hubiese gustado averiguar más a fondo y lo redactado eran más fragmentos que un texto elaborado de modo completo. Pero comprendió —tiene ya experiencia en estas lides— que podía alargarse por años. Y no era cosa de abusar de la Seguridad social —no fuese a acelerar su pronosticada quiebra—, ni convenía que por más tiempo se distrajese de su dedicación a sus habituales quehaceres profesionales. Mas cree justo manifestar que tuvo gran contento al hacer este estudio (los ratos de aridez se los calla) y se divirtió no poco con las curiosidades que le salieron al paso, de algunas de las cuales dejó constancia en sus apuntes. Sobre todo se alegró muy íntima y cálidamente por la generosa ayuda que le brindaron colegas y amigos, cuya amabilidad agradece públicamente.

Y pues los negotia de otra índole le apremian, como antes quedó dicho, se apresura a dejar la pluma y se despide del lector, salutationis honore praelato, hasta otra ocasión propicia.

Pamplona, 12 de diciembre de 1987

NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN

Al plantearse en la canonística el interés por las prelaturas personales, el autor no fue ajeno a ello. Pero desde el comienzo casi todos los escritos que fue leyendo le causaron la impresión de que había en ellos una carencia que le pareció importante, aunque no le sorprendió. ¿Conocían los autores verdaderamente y a fondo lo que era una prelatura (o mejor prelacía como el lector tendrá ocasión de comprobar)? Le extrañó que, siendo el tema de prelados y prelaturas tan antiguo, no encontrase en casi ninguno de esos escritos la más mínima referencia al ius vetus —con ser criterio de interpretación establecido por el Código— ni a la doctrina canónica anterior. Cierto es que las prelaturas personales son de nuestros días —proceden del n. 10 del decr. Presbyterorum ordinis del II Concilio Vaticano—, mas no es menos cierto que es imposible conocer qué son las prelaturas personales, si no se tiene una idea clara de lo que son las prelaturas en general. Y en los escritos aludidos, ni la terminología usada, ni la naturaleza que algunos les han atribuido, se corresponde con lo que cabría esperar de un verdadero conocimiento de lo que la tradición canónica —en este caso sin discusiones entre los autores, salvo algunos titubeos de primerísima época— ha entendido por prelado y consiguientemente por prelatura. Al autor, ante este hecho le pareció que, para formarse una opinión sólidamente fundada, debía investigar lo mejor posible el tema de prelados y prelaturas o prelacías. A tal fin dedicó un año entero a estudiar las fuentes documentales y toda la bibliografía posible, abarcando desde épocas tempranas hasta nuestros días. Su impresión, al final de esta investigación, fue la de haber logrado lo pretendido, tanto más cuanto que se trata de un tema que resultó ser sencillo; es más, sorprendentemente sencillo. Por eso, está convencido de haber obtenido una idea clara de las realidades que han recibido y reciben el nombre de prelatura y prelado. A su vez, esto le ha confirmado que, como antes apuntaba, ciertos escritos sobre prelaturas personales muestran un acusado desconocimiento de la tradición canónica sobre las prelaturas —y por ello sobre los rasgos esenciales de las prelaturas actuales—; lo que en algunos casos conduce a interpretaciones desorientadas e incoherentes. Porque incoherente y científicamente desorientado resulta, por ejemplo, confundir una prelatura con fenómenos asociativos o asociaciones de clérigos, por mucho que estas afirmaciones se revistan de una argumentación más o menos sofisticada, que, por lo demás, no resiste un análisis serio.

El caso es que al autor aquellos estudios le sirvieron para publicar varios artículos sobre prelados y prelacías, pero lo primero que quiso hacer fue redactar lo que había investigado sobre la evolución histórica de las palabras praelatus y praelatura (praelatio en los primeros siglos, hasta fines del IX y principios del X) y llegó a escribir el presente libro, que —por la época en que termina— se queda en el lenguaje llano o vulgar, sin entrar en precisiones canónicas. La precisión canónica llegaría, posteriormente, más o menos —hay algunos datos imprecisos— dos siglos después, con los decretistas y canonistas posteriores. No continuó por una sencilla razón. Al llegarle los tiempos propicios para ordenar los datos obtenidos, ya sabía que un prestigioso colega, el Prof. Jorge Miras, llevaba esta investigación adelantada, plasmada, hasta ahora, en dos excelentes monografías. Y como no era cosa de repetir los mismos datos y las mismas conclusiones, desistió del empeño y se dedicó a otros temas.

Así, pues, este libro viene a llenar el hueco que había hasta ahora sobre el sentido originario de praelatus y su paso a las lenguas vulgares. Al decir «originario» quizás el lector piense en el latín clásico, pero pronto se llevará un desengaño; ciertamente praelatus es palabra del latín clásico, mas, en el sentido actual, se origina hacia el siglo VI, cuando de ser una forma verbal se transformó en un sustantivo. En todo caso, el libro, que comenzó siendo un intento de investigación canónica, se quedó en un bosquejo filológico. Y pues el autor no es experto en filología, llevado de su honradez científica, se ha limitado a dejar hablar a los textos; ellos le enseñarán al lector la evolución de praelatus y praelatio (después praelatura) al igual que su paso a las lenguas vulgares.

No se piense, sin embargo, que el libro no merece atención para los canonistas interesados en prelados y prelaturas. Aparte de que el lenguaje eclesiástico ha seguido y sigue usando el sentido llano y vulgar de praelatus (cfr. const. apost. Divinius perfectionis Magister, n. 10) al autor le parece que la llamada noción canónica —tal como la fijaron sobre todo el Abad Panormitano y Antonio de Butrio— es más bien un intento de señalar qué acepción de prelado, de las que se observan a lo largo del tiempo en el lenguaje vulgar, tiene relevancia canónica. Por su parte el autor está convencido de que una noción estrictamente canónica es cosa del siglo XX, cuando el CIC 17 sustituyó en su articulado prelado por Ordinario, dejando el c. 110 como una reliquia histórica, y sobre todo cuando el CIC 83 silenció el contenido del citado canon 110. Ya no hay más, como noción canónica en sentido propio y estricto que unas praelaturae: un tipo de circunscripciones eclesiásticas comunes (praelaturae territoriales) o peculiares en el sentido de PO 10 (praelaturae personales), cuyo Pastor u Ordinario (el Prelado) está dotado de potestas sacra vere episcopalis, cuya nota distintiva es que, siendo propia y no vicaria, el Prelado no la recibe directamente de Cristo como el obispo diocesano, sino del Papa, del ministerio petrino. No hay, en el derecho actual, otros prelados en sentido estrictamente canónico, ni otras prelaturas (o prelacías en castellano castizo).

Agotada hace años la primera edición de este libro, aparece ahora esta segunda en la que se han corregido los diálogos y se han eliminado una serie de digresiones. En los años transcurridos entre una y otra han sucedido diversos eventos que han influido en la mejor comprensión de las prelaturas personales —para quien tiene ojos y ve, oídos y oye— y, sobre todo, ha surgido una nueva generación de canonistas; lo primero en nada altera lo dicho en el libro, por referirse a una época histórica muy anterior y lo segundo mueve al autor a dedicarle esta obra de modo principal, con el deseo de que pueda ser tan útil a ella, como, según parece, lo ha sido para los lectores de la primera edición.

El autor no quiere terminar esta nota sin dejar constancia de su agradecimiento a cuantos, de una forma u otra, han contribuido a que este libro haya podido elaborarse y publicarse.

Ante todo a la Prof. Dra. Carmen Castillo por su inapreciable ayuda en los textos latinos, así como a la Prof. Concepción Alonso del Real y al Prof. Sánchez-Ostiz, por lo mismo.

Por sus atenciones y consejos merece especial mención el académico, catedrático y prelado de honor Mons. Amadeo de Fuenmayor, sin olvidar a los Profs. Jorge Miras y Juan Ignacio Arrieta.

Vaya un particular agradecimiento a D. Adolfo Castaño de León, cuyo buen hacer y paciencia han suplido con creces la reconocida incapacidad informática y mecanográfica del autor.

Gracias muy especiales da el autor al Prof. Jorge Otaduy, Director del «Instituto Martín de Azpilcueta», por acoger el libro en la prestigiosa «Colección Canónica». Y al editor D. Juan Zumaquero también gracias por su siempre amistosa acogida.

La investigación correspondiente a la composición del libro los llevó a cabo el autor después del tránsito de su Maestro Pedro Lombardía, pero no puede menos que recordarlo aquí porque a él le debe todo cuanto ha conseguido llevar a cabo en el campo del derecho canónico.

Y ya por fin se despide del lector praelato debitae salutationis obsequio, como escribiera Ennodio.

Pamplona, 2 de febrero de 2004

INCIPIVNT FRAGMENTA PRAELATIS CAPITVLIS

Tempvs otii 9
Nota a la segunda edición 13
I PROLEGÓMENOS21
Fragmento 1. Un interrogante 21
Fragmento 2. Inicios 23
II GÉNESIS Y USO PRIMITIVO DE PRAELATUS29
§ I. Fuentes 29
§ II. Preliminares 33
Fragmento 3. Praelatus, ¿término bajolatino? 33
Fragmento 4. Antistes, praesul, praelatus 41
§ III. Antistes 45
Fragmento 5. Prolegómenos sobre antistes 45
Fragmento 6. Antisto 47
Fragmento 7. Antistes 57
Fragmento 8. Antistita 77
Fragmento 9. Derivados de antistes 81
Fragmento 10. Avatares de antistes 83
§ IV. Praesul 91
Fragmento 11. Praesul 91
Fragmento 12. Derivados de praesul 111
§ V. Praelatus y Praelatio 115
Fragmento 13. Praelatus 115
Fragmento 14. Praelatio 131
Fragmento 15. Los textos clave 139
Fragmento 16. De nuevo praelatio 145
Fragmento 17. Evolución posterior de praelatus 147
Fragmento 18. Praelatio, praelatura, praelatia 153
III CURIOSIDADES EN TORNO AL TÉRMINO PRELADO EN LAS LENGUAS VULGARES163
Fragmento 19. Praelata verba 163
Fragmento 20. Inglés 165
Fragmento 21. Francés 175
Fragmento 22. Alemán, italiano, portugués y alguna que otra lengua más 193
Fragmento 23. Castellano 201
Fragmento 24. Colofón 265
Fragmento 25. Addenda 267

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