Javier Hervada: Diálogos sobre el amor y el matrimonio, tercera edición ampliada, Universidad de Navarra, Pamplona, 1987.
[Título, 1 página
Leer]
No puedo menos que agradecer la amable atención que tantos lectores han prestado a las dos ediciones anteriores de esta pequeña obra. Probablemente el hecho de que se haya vuelto a editar por tercera vez obedezca más al perenne interés de los asuntos tratados que a los valores intrínsecos del libro. No importa, pues lo decisivo es que, en una época de crisis del matrimonio, haya suficiente número de personas interesadas en leer y estudiar unas páginas en las que no hay la más mínima concesión a las modas antimatrimoniales. Lo cual resulta enormemente esperanzador.
En esta edición el libro ha aumentado algo el número de páginas y ya anticipo que esto me desagrada, pues tengo a la brevedad como una de las mejores virtudes. Pero era imprescindible que se aclarasen algunos conceptos y la exposición se pusiese al día. Especialmente era necesario tratar con mayor amplitud la noción del matrimonio, que es la clave para entenderlo, a la vez que su desdibujamiento es factor principal de la crisis.
Entretanto se iba agotando la segunda edición, tuve ocasión de hablar ante públicos diversos (Valparaíso, Santiago de Chile, México) de esa fundamental noción, siguiendo un método cíclico: repetir lo esencial del concepto y analizarlo desde nuevas y distintas perspectivas. Esta es la forma en la que se desarrollan los tres diálogos que he añadido en esta edición. Sobre las posibles repeticiones —he procurado reducirlas al mínimo— me remito a lo dicho en el prólogo.
Benévolo lector, en tus manos dejo este libro, escrito con el mejor deseo de que sea útil. Si lo es para ti, me sentiré recompensado del árido esfuerzo que supone intentar escribir algo que no sea árido para el lector.
Pamplona, a 25 de marzo de 1986.
En cierta ocasión, hacía a mis alumnos una observación, que quisiera repetir aquí como prólogo a estas páginas. Les estaba explicando por entonces el tema del amor conyugal y su incidencia en el matrimonio; les comentaba entonces que quienes estudian las realidades humanas desde el punto de vista científico parecen tener un triste sino, como un hado maléfico que les persigue. Se diría que están destinados a quitar a la realidad su belleza, su grandeza, su poesía; todo aquello que la hace amable y hermosa. Recuerdo que con ocasión del primer viaje del hombre a la luna, leí un artículo de periódico que, más o menos, venía a decir lo mismo. El articulista describía la honda decepción que habrían de llevarse los poetas y aun el hombre medio de la calle, cuando, después de una tradición de siglos sobre una luna misteriosa, símbolo de tantas locuras del corazón humano, capaz de hechizar de amores o de causar desastres en los hombres con su maléfico influjo, resultaba ser lo más parecido a una bola de yeso perdida en el espacio, materia inerte e inhóspita, incapaz de otro influjo que el de las leyes físicas más vulgares.
Si a una madre le dijesen que el cuerpo del hijo que ha engendrado es, en definitiva, una afortunada combinación de hidrógeno, oxígeno, carbono, hierro, sodio y no sé si algún otro elemento, ¿no sería natural que reaccionara con cierto malhumor y preguntase al químico de turno si es que había confundido a su hijo con un mecano? Y, sin embargo, esa es la respuesta —y muy verdadera— de una ciencia determinada ante el cuerpo del hombre. A esto se reduce, a los ojos de la química, el ser más querido, el héroe nacional, el cantante famoso o el más ilustre literato: a una sabia combinación de proteínas, hidratos de carbono, hierro, sodio, agua y alguna cosa más.
Con todo, los hombres de hoy estamos más que acostumbrados a este lenguaje de las ciencias de la naturaleza, para que nos cause demasiada impresión. Podríamos decir que hemos superado en este punto toda capacidad de sorpresa. En cambio, estamos menos inmunes ante una actitud similar de las ciencias humanísticas. ¿No es verdad que esperamos mucho más de ellas? Y, sin embargo, nos pueden jugar también alguna que otra mala pasada al respecto. Si un enamorado, por ejemplo, interroga a la más alta Filosofía, la Metafísica, sobre el ser de su amada, no recibirá más que respuestas por este estilo: animal racional, ser contingente, ente corpóreo o ser compuesto de sustancia y accidente. Todas ellas —hay que reconocerlo— decepcionantes, frías y casi sin sentido a los ojos del amor. Y si acaso le consolase oír también que su amada es persona, no le duraría mucho el consuelo, cuando comprobase que la misma respuesta da la ciencia interrogada —la Metafísica— para el pesado de su futuro suegro o para el drogadicto más abyecto.
Pero es posible qué algún lector esté ya diciendo en su interior que quizá el pesado no sea el futuro suegro del hipotético enamorado sino yo, y que a dónde voy con tanto exordio. Pues voy a curarme en salud. Por mi profesión estoy acostumbrado a ver las realidades humanas desde el prisma del pensamiento de los científicos y por ello adelanto que mis palabras podrán parecer un tanto frías y descarnadas para tratar una realidad tan llena de belleza y hondura humanas como es el matrimonio.
Es, en efecto, el matrimonio una de las realidades humanas más profundas y hermosas. No sé si el lector se ha fijado en que la misma Sagrada Escritura se reviste de poesía para tratar de él. Su estilo, podríamos decir, se viste de gala y se hace hiperbólico. Como si al lenguaje humano —a cuyo través Dios nos habla en la Biblia— le faltasen las formas suficientes para expresar, en palabras simples y llanas, la magnificencia de las nupcias. Existe un detalle significativo al respecto. Sacramentos más augustos que el matrimonio los hay, sin duda, como la Sagrada Eucaristía, centro y culmen de la vida cristiana y aun de toda la acción de la Iglesia; y hay sacramentos más necesarios, como el bautismo, o que otorgan una misión más excelsa, como la sagrada ordenación. Pero sólo el matrimonio arranca a la Sagrada Escritura un piropo, sólo al matrimonio se le aplica un adjetivo de admiración por boca de San Pablo en su Epístola a los Efesios: ¡esto es un gran misterio, un gran sacramento! (Eph. 5, 32). No es, desde luego, el mayor, pero sólo de él se dice que es grande. Más significativo todavía, si cabe, es el hecho de que, para mostrar y enseñar la más admirable de las grandezas de Dios con los hombres —su amor misericordioso que le ha llevado a la Encarnación del Verbo—, la Palabra revelada utilice insistentemente la imagen del matrimonio. El amor de Dios a la Humanidad es un amor nupcial; el Verbo divino, al encarnarse, ha contraído nupcias con la Humanidad. Cristo es el Esposo, que ama, nutre y engalana a su Esposa, la Iglesia, con la que se ha hecho una sola carne, un solo cuerpo (Eph. 5, 25-30).
Verdaderamente, para tratar del matrimonio parece más adecuado el cálido entusiasmo del juglar que la fría especulación del científico. Y, sin embargo, es esta segunda perspectiva la que preferentemente voy a utilizar. No cabe duda de que es menos agradable de leer o de escuchar y menos grata de escribir o de decir, pero posiblemente tiene, por más exacta, una mayor utilidad y, en definitiva, proporciona un mejor arsenal de ideas para la vida, tan lejana a veces de los sueños de un poema.
No es éste, sin embargo, un libro de investigación científica, ni siquiera un ensayo de elevadas reflexiones. Es la publicación de varios diálogos —así concibo también las conferencias— que he tenido la suerte de mantener con públicos de diversa índole, cultura y nacionalidad. Diálogos que dejaron en mi ánimo un gratísimo recuerdo, por el excelente trato que recibí y lo mucho que las observaciones y preguntas de los oyentes siempre me enseñaron.
Contiene este volumen los textos refundidos y unificados de las conferencias que di en la Residencia de Estudiantes Boavista (organizada por el Consejo de Padres del Vega Clube), en ORIFA —ambas de la ciudad de Oporto—, en el Seminario de la Diócesis de Braga y en la Lloma (Valencia), así como en la Residencia de Estudiantes da Beira (Coimbra) y en el Club Arcada de Braga. Quede patente aquí mi gratitud a todos, organizadores y asistentes.
Las preguntas y respuestas, que se insertan al final de los dos primeros textos y del sexto, corresponden al diálogo mantenido con el público portugués, cuyas preguntas —que se incluyen traducidas— me fueron hechas por escrito. Esto explica las referencias a la situación —anterior al cambio de régimen— de aquel país —al que tan entrañablemente me siento unido—, que a veces aparecen en las respuestas.
La diversidad de ocasiones en las que han sido pronunciadas las conferencias dan razón de algunas repeticiones que el lector encontrará; la tarea de refundición de materiales que he procurado hacer ha eliminado varias de ellas, pero he preferido conservar las pocas que restan, pues otra cosa me hubiese obligado a alterar demasiado el estilo y la intención con que fueron redactados los textos primitivos.
Quiero finalmente agradecer a los Profs. Carmelo de Diego y Pedro Lombardía las sugerencias y observaciones que me hicieron, al Dr. José Antonio Gomes da Silva Marques las innumerables atenciones que siempre ha tenido conmigo y de modo particular las que tuvo durante mi estancia en Portugal, y al Lic. José Manuel Zumaquero su eficaz y abnegada ayuda, que me permite poder dedicar todavía algún tiempo a estas lides intelectuales.
Pamplona, a 31 de mayo de 1974.
| Nota a la tercera edición | 11 | ||
| Prólogo | 13 | ||
| PRIMERA PARTE. EL AMOR CONYUGAL | 21 | ||
| I. LA IDENTIDAD DEL AMOR CONYUGAL | 21 | ||
| 1. Uso y abuso de la palabra «amor» | 21 | ||
| 2. ¿En qué consiste el amor? | 26 | ||
| 3. Rasgos del amor conyugal | 30 | ||
| 4. Amor conyugal y voluntad | 34 | ||
| 5. Amor pasivo y dilección | 38 | ||
| 6. Amor y matrimonio | 54 | ||
| 7. Dos consecuencias | 61 | ||
| 8. Amor conyugal y fines del matrimonio | 63 | ||
| 9. La regla de oro del amor conyugal | 67 | ||
| Preguntas y respuestas | 69 | ||
| II. LEY NATURAL Y DINAMICA DEL AMOR | 119 | ||
| 1. Planteamiento | 119 | ||
| 2. Amor y ley natural | 123 | ||
| 3. Amor ordenado y amor desordenado | 125 | ||
| 4. El orden del amor | 130 | ||
| 5. El amor conyugal ordenado | 131 | ||
| 6. Amor y exigencias de justicia | 132 | ||
| Preguntas y respuestas | 139 | ||
| SEGUNDA PARTE. EL MATRIMONIO | 183 | ||
| III. ¿QUE ES EL MATRIMONIO? | 183 | ||
| 1. Dos y uno | 186 | ||
| 2. Una sola carne | 188 | ||
| 3. Un compromiso nacido de la libertad | 192 | ||
| 4. Unión de cuerpos y almas | 194 | ||
| 5. Unidad de destino | 197 | ||
| 6. Comunidad de vida y amor | 199 | ||
| 7. Compromiso y comunidad de vida y amor | 203 | ||
| IV. LA NOCION DE MATRIMONIO | 209 | ||
| 1. La identidad del matrimonio | 211 | ||
| 2. El vínculo matrimonial | 218 | ||
| 3. Los rasgos esenciales del matrimonio | 225 | ||
| Preguntas y respuestas | 229 | ||
| V. IDENTIFICAR EL MATRIMONIO | 257 | ||
| 1. Una distinción preliminar | 257 | ||
| 2. La unidad en las naturalezas | 259 | ||
| 3. El matrimonio realidad natural | 268 | ||
| 4. La identificación del matrimonio | 289 | ||
| 5. Conclusión | 300 | ||
| TERCERA PARTE. EL MATRIMONIO CRISTIANO | 305 | ||
| VI. LA SACRAMENTALIDAD DEL MATRIMONIO | 305 | ||
| 1. Introducción. | 305 | ||
| 2. Algunas tesis modernas | 306 | ||
| 3. La sacramentalidad del matrimonio | 309 | ||
| 4. Los efectos de la sacramentalidad | 313 | ||
| 5. La inseparabilidad entre matrimonio y sacramento | 322 | ||
| 6. La significación sacramental del matrimonio | 324 | ||
| 7. El signo sacramental | 326 | ||
| Preguntas y respuestas | 329 | ||
| VII LA VOCACION MATRIMONIAL | 345 | ||
| 1. Introducción. | 345 | ||
| 2. La vocación matrimonial | 346 | ||
| 3. Misión divina | 353 | ||
| 4. Presencia de Dios en el matrimonio | 354 | ||
| 5. Servidores de Cristo | 357 | ||
| 6. Dedicación a Dios | 362 | ||
| 7. Conocer la llamada | 364 | ||
| 8. Palabras finales | 366 | ||